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La influencia del entorno en la conducta dependiente.

Nos podemos encontrar con dos situaciones en las que el entorno influye en la conducta dependiente de las personas mayores: "la inutilidad aprendida" y la "dependencia aprendida". En ambas situaciones la conducta dependiente es inducida socialmente.


a) Inutilidad aprendida: una situación de pérdida.

Enesta situación encontramos la dependencia que genera estar inmerso en entornos que no responden a las actitudes y a las acciones de las personas.

En el caso de que no existan respuestas sistemáticas y predecibles del entorno, tanto los humanos como los animales aprenden que sus conductas no tienen consecuencias diferentes; las respuestas no responden a las acciones que realiza la propia persona.

La repetición de este tipo de experiencias en la vida del ser humano, en las que este no cuenta, conduce a una serie de déficit cognitivos o de falta de ejecución, déficit motivacionales o pasividad y déficit emocionales o depresión. Las personas con esta conciencia de falta de control sobre sus entornos se vuelven dependientes. Las residencias de personas mayores con frecuencia favorecen y fomentan la presencia de este tipo de entornos.


• Dependencia aprendida: ganancias y pérdidas.

Los patrones sociales que se producen en los entornos institucionales y de atención en la comunidad a la persona mayor fomentan y contribuyen a las conductas dependientes en ella. Esto es así porque desconocen a las personas, ignoran las acciones independientes que realizan y refuerzan las acciones dependientes mediante el incremento del contacto social y la asistencia.

Las conductas dependientes les sirven a la persona mayor para conseguir atención y contacto, es decir, les sirven para ejercer control sobre el mundo social que le rodea. Las conductas dependientes son altamente funcionales y adaptativas. Representan no solamente una pérdida (reducción de la autonomía) sino también una ganancia en forma de incrementar el control sobre el contacto social.

La mayoría de los entornos sociales aceptan la conducta dependiente como un componente más de la vejez. El apoyo dependiente y protector que proporciona este tipo de entornos se caracteriza por ser excesivamente responsivo. Pero la conducta dependiente también puede en algún caso considerarse como un componente más de la estrategia adaptativa que utiliza el sujeto para manejar su propio proceso de envejecimiento.

La persona mayor que se enfrente al incremento de pérdidas en sus reservas y en su resistencia tiene varias elecciones:

a) Renunciar a sus competencias y actividades imposibilitadas por sus pérdidas funcionales.

b) Compensar estas pérdidas buscando los medios para mantener sus actividades.

c) Incremenlar la dependencia en en las competencias debilitadas para poder contar con la energía necesaria que le permita llevar a cabo otras actividades que tienen para ella una prioridad personal mayor.

Esta última estrategia es, en el fondo, una forma de hacerse con el control del poder. Viene de una estrategia activa y adaptativa para hacer frente a las pérdidas en el funcionamiento que supone el hacerse mayor.

Las conductas dependientes forman parte de un proceso adaptativo entre el ser humano y las condiciones biológicas que caracterizan a la vejez. Esto no quiere decir que todas las conductas dependientes sean adaptativas o que esta clase de adaptación sea necesariamente saludable u óptima para el desarrollo de las personas en este momento vital. Algunas conductas dependientes son indudablemente el resultado de un modelo de asistencia aprendida. Además, la dependencia puede tener diferentes significados, no todas las conductas dependientes tienen la misma función. Pero este acto instrumental de control no puede considerarse como activo o primario sino que se trata de un control secundario o pasivo.

El control pasivo (en el sentido de control a través del no hacer, o de la inactividad), produce los mismos efectos que el no control. La reducción en la actividad física y psicológica, incluso en las pesonas jóvenes, conlleva a un desuso en las funciones, lo cual, a largo plazo, conduce a la pérdida de tales funciones. Pero, además, las personas mayores experimentan un incremento de su vulnerabilidad biológica con la edad. Pueden mantener o incluso aumentar su nivel de actividad en algunos tipos de conductas pero no pueden mantener un nivel general alto de productividad. Las actividades que delegan y las que optimizan varían de unas personas a otras.

Las tareas que la persona mayor selecciona y en las que se concentra, constituyendo su prioridad, son el resultado de una convergencia entre las demandas del entorno, las motivaciones individuales, las habilidades y la capacidad biológica. Un entorno óptimo para una persona de edad se caracteriza por la homogeneidad en el ambiente, intimidad, proximidad, totalidad, gratificación de las necesidades, elección, auto-dirección, control y autonomía. Sin embargo, frecuentemente, los entornos en los que realmente se ve inmersa la persona mayor no garantizan ni aportan estos aspectos fundamentales.

Pero la conducta dependiente tiene su contrapartida. No podemos olvidar que nuestra sociedad ensalza, valora y promociona la autonomía. Este aspecto en la persona mayor que se ve obligada a depender y recibir la ayuda de los demás para mantener las actividades de la vida diaria tiene un fuerte impacto negativo. Se siente improductiva, vulnerable, débil y dependiente. En otros casos, la pérdida de habilidades de la vida diaria, relacionadas con la higiene y el aseo personal, puede traducirse en rechazo y aislamiento social. La falta de capacidad de las personas de edad avanzada para desarrollar tareas de su propio cuidado personal es una de las principales causas de institucionalización y de necesidad de asistencia domiciliaria, y justamente son estos ambientes los que con su actitud sobreprotectora contribuyen al deterioro de las funciones previamente debilitadas.
 

 

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