La humildad.
Más
aún, la humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz, del
verdadero discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar
basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para
precisamente, en razón de esta carencia, buscar activamente llenarse de
él, ya sea a través de los maestros, del impulso a la meditación, del
diálogo con sus semejantes o de la investigación personal. La mente
humilde es receptiva por naturaleza y por lo mismo es la que mejor está
dispuesta a escuchar y a aprender. En el caso opuesto está la mente
arrogante que por saber mucho de algún tema se cree capaz de discernir
asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más básicos,
creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de las
que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de reconocimiento de
los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser
más importante que los demás. Habitualmente el arrogante incurre en la
crítica destructiva que sólo puede conducir al territorio de las
hostilidades, pero que no ayuda a nadie.
El
verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida son
posibilidades abiertas para aprender cada vez más. En su comprensión
considera que el camino de la sabiduría es casi infinito, por lo cual, no
corresponde en ninguna etapa de nuestro desenvolvimiento presumir de
sabios o eruditos. La humildad como conciencia de nuestra falibilidad
esencial nos hace más fácil la tarea de reconocer nuestros errores,
fundamento de nuestros ulteriores perfeccionamientos. Mientras el soberbio
pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el
humilde sigue rectilíneo su camino de progresión espiritual, sin temer
recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados
en el sendero. Ser humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, desaparecen miedos y sufrimientos. |
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