LA EXPLOTACIÓN DE LOS ANIMALES

Matar, desposeer y quitar la vida a los animales es un tremendo negocio. Muchas personas están convencidas de que la matanza de animales es un hecho imposible de evitar. Piensan así por hábito y por tradición. Han sido condicionados a aceptar que los animales de las granjas se crían con diversas atenciones, van a los mataderos con resignación y son convertidos al final en filetes sin soltar un gemido o, a lo sumo, unos pocos.

La explotación y asesinato de animales es un negocio sobrecogedor. Todo él es revulsivo, macabro y horrendo. Muchos creen que los animales han sido creados para la matanza y el alimento del ser humano. Son varias las razones por las que una persona puede pensar esto, pero ésta debería dar un pasito hacia delante y ver lo que en realidad está sucediendo cuando ingiere animales.

Los negocios ganaderos tienen un único objetivo, el máximo beneficio con los mínimos gastos. Ninguna moral acompaña a sus actos. La armonía con la tierra, el equilibrio ecológico y el amor por la Tierra y sus criaturas no cuentan para nada: no dan ganancias. Las “granjas-fábrica” exigen cada día mayor rapidez, animales más voluminosos, menor coste de alimentación por cabeza de ganado y mayores beneficios. Los animales, para los negociantes ganaderos, no son más que números y dinero.

El transporte también es una experiencia terrible. Para el transportista de animales el tiempo es dinero. Ya no sorprende a nadie que en los días de calor sofocante o de temperaturas bajo cero mueran algunos animales. Otros mueren de miedo. Los animales contraen la “fiebre del transporte”, un tipo de pulmonía que mata al un uno por ciento de ellos. Algunos animales llegan con los pulmones destrozados y con otras heridas debidas al traslado y poco espacio de que disponen. Las heridas y muertes disminuyen los beneficios, pero aún así, muchos ganaderos prefieren meter más animales por camión si les sale más a cuenta. Cuando acaba el transporte comienza la angustia y el estrés. Los animales transportados a naves de engorde, confusos y amedrentados por el trato recibido y el primer cambio de hábitat, tienen que atravesar pasillos en los que son rociados de insecticidas, para ser posteriormente castrados, descuernados, marcados e inyectados con diferentes productos químicos.

 

Los Cerdos.

Lo mismo sucede con los cerdos. Las granjas utilizan un sistema, un entramado de tubos de acero, que obliga a la cerda a estar echada sobre el suelo sin que se pueda levantar ni darse la vuelta. El sistema fue diseñado para evitar que las madres aplastaran a sus cerditos a costa de mantenerlas echados entre cuatro y siete semanas. Pero los lechones son muy violentos cuando buscan la teta de la madre. La cerda se protege normalmente de los ataques a los pezones desplazando a un lado sus crías o moviéndose para encontrar alivio entre mordisco y mordisco. Pero una cerda inmovilizada no puede defenderse. Cuando llega el destete sus pezones y nervios están destrozados.

Los lechones son separados de las madres a las dos o tres semanas de su nacimiento –normalmente serían amamantados hasta los dos meses- para ser colocados en jaulas donde son alimentados mecánicamente. Una vez destetados se venden a otras granjas o son cebados hasta que les toca el matadero.

La vida media de un cerdo que normalmente oscila entre 10 y 12 años se reduce a un período de entre cuatro y seis meses, que transcurre sobre hormigón, metal y bandejas de plástico resbaladizas por los excrementos y sin nada más que hacer que comer, beber y engordar.

Los cerdos son animales inteligentes y sensibles, que reaccionan mal ante el estrés y el aburrimiento. El estar tan apretados los convierte en seres nerviosos y agresivos. Son frecuentes las peleas y mordiscos a las colas de sus vecinos. Los granjeros lo evitan amputándoselas.

Los cerdos con buenas condiciones de cría pueden ser manipulados con inseminación artificial, tratamientos hormonales y cirugía sobre los embriones. Las cerdas de una “fábrica-granja” sufren a veces hasta doce operaciones de ovarios al año. Todo para conseguir un mayor número de cerdos que los que una cerda normalmente podría tener.

 

Las gallinas.

Las gallinas son animales menudos, muy sensibles a los ruidos y poco amigas de vivir en grupos muy numerosos. Cuando las gallinas están sometidas a tensiones, tanto psíquicas como alimentarias, responden picoteándose fuertemente entre ellas y llegan incluso al canibalismo. Para evitarlo se las somete rutinariamente al cortado de los picos. Esta dolorosa operación se realiza con tijeras o cuchillos eléctricos.

En las actuales granjas avícolas a cada ave le corresponde muchas veces una centésima parte de metro cuadrado. Cuando son adultos pueden convivir 30 animales en un metro cuadrado. En este medio, las aves son incapaces de vivir con libertad y, además, no ven la luz del día ni la tierra, y mucho menos cualquier planta o animal de los que, picoteándolos y desenterrándolos, componen su verdadera dieta.

Las aves así criadas tienen que soportar ruidos, estrecheces físicas y confusión, lo que les provoca síntomas de estrés que las conducen al borde de la histeria. El estrés puede ser reducido en parte si se someten a los pollos a la semioscuridad, por lo que muchos pollos adultos son criados en ambientes oscuros. Los pájaros más jóvenes están en naves con luz eléctrica permanente, ya que la luz les lleva a comer más.

Estas enormes naves de pollos se calientan en invierno con el propio calor animal. Pero en verano una temperatura alta puede provocar un desastre, pues muchas de ellas están refrigeradas únicamente por grandes ventiladores que mantienen el aire en circulación. Con los grandes calores, los pájaros se concentran en las esquinas del edificio y se acumulan unos sobre otros hasta formar grandes montones en un inútil intento de escapar. Las aves que se encuentran en la base del montón mueren por asfixia.

El mundo de las gallinas ponedoras es igualmente artificial. La mayor parte de las gallinas ponedoras están confinadas en jaulas metálicas mientras dura su corto período de puesta. A veces, varias de ellas viven apretujadas en una sola jaula –con el pico cortado, por supuesto. Para economizar espacio se apilan las jaulas y éstas se colocan con una pequeña inclinación a fin de que los huevos rueden hacia la parte delantera y puedan ser recogidos con facilidad. Las gallinas tienen así una mayor dificultad de movimiento, a duras penas pueden mantenerse de pie y nunca pueden extender las alas.

Vivir en una jaula no es fácil. El metal les roza constantemente y les deja algunas zonas en carne viva, provocándoles infecciones y gran dolor. Pero nadie se preocupa de estas dolencias mientras la granja dé beneficios. Es más barato eliminar de vez en cuando los pájaros muertos que preocuparse por la vida de los demás.

Cuando disminuye la producción de una gallina, los productores la estimulan con un “tratamiento de choque”. Éste consiste en apagar las luces y restringirles la alimentación. La rapidez del cambio provoca algunas muertes, pero las gallinas que sobreviven aumentan durante algunos meses la producción de huevos.

Comprimidas, sometidas a todas las condiciones que aterrorizan a una ave, alimentadas de la forma más barata posible, estimuladas mediante fármacos y productos químicos, manipuladas por medio de un ambiente artificial, estas aves únicamente han sido animales/máquina cuando finaliza su producción, generalmente entre un año y 18meses –las gallinas ponen huevos durante muchos años en un hábitat natural. Los pollos que se crían para carne no viven más de dos meses.

 

Las vacas.

De la misma manera que la gallina se ha convertido en una máquina de hacer huevos, las vacas se han transformado en fuentes de leche de cuatro patas. La vaca lechera es criada, alimentada, medicada, inseminada y manipulada para un solo fin, producir leche.

En una pequeña granja, una vaca puede producir entre 2.500 y 4.000 litros anuales de leche. La media de una vaca de granja intensiva es de 5.000 a 6.000 litros, y los científicos/ganaderos siguen buscando procedimientos de aumentar la cifra. Una marca reciente es de 16.000 litros en diez meses. Pero la búsqueda de una mayor producción no beneficia precisamente a la vaca. A las vacas sólo se les permite moverse en su pequeño corral, y pasan la mayor parte de sus vidas sobre pisos de cemento. Esta cría intensiva les provoca mastitis y lesiones en las ubres, infecciones en las pezuñas y problemas en las patas.

Cuando disminuye la producción de leche el animal es enviado al matadero. La ganadería intensiva de animales comete muchas más atrocidades de las que caben en esta obra, pero pocas son tan crueles como las que se cometen con los terneros. Algunos devoradores de carne de ternera piensan que el blando producto que se comen proviene de una determinada raza de vacas. Pero la ternera es una vaca normal que es separada de su madre a los 3 ó 4 días de haber nacido. Esta vaquita, como los demás mamíferos, depende de su madre en cuanto a su alimentación, contacto físico y amor. Pero en la ternera que se cría para carne no se desperdician afectos.

Las prácticas modernas encierran a las terneras en naves con una capacidad entre diez y cincuenta mil animales. Lógicamente, sin ver jamás el sol, la vida en estas naves suele ser una experiencia terrible. En estas naves especiales no existe paja en el suelo sino cemento o metal. Sus jaulas sólo les permiten estar de pie o estiradas. Ni siquiera pueden darse la vuelta. Este tratamiento tiene un fin específico, pues la más tierna carne de tenera proviene de un animal desnutrido, anémico, cuya alimentación y movimientos hayan sido severamente restringidos. Si se le permitiera moverse o hacer ejercicio y se la alimentara con hierba, granos de alfalfa o de paja, la carne de la ternera se volvería más oscura y dura, y esto es lo último que desearía el granjero/negociante. Su deseo es producir un animal gordo y débil en el menor tiempo posible. Para lograrlo alimentará a la ternerita con una dieta líquida deficiente en hierro, basada en una combinación de leche en polvo y aditivos.

Como el animal anémico busca con avidez el hierro, puede acabar intentando comer la parte metálica de las jaulas o beberse su propia orina. Los productores de terneras combaten esta tendencia atándoles la cabeza y limitándoles aún más el movimiento. Esto, además, soluciona otro problema: como la ternera ha sido separada tan precozmente de su madre, aparece en ella la tendencia a succionar todo lo que le rodea, incluyendo su propio cuerpo. Al inmovilizarla, no puede seguir practicando este “vicio”.

Otros granjeros/negociantes prefieren eliminar los síntomas de estrés apagando las luces de la nave, con la excepción de los momentos en que se alimenta al animal. Como esto se puede realizar en menos de una hora al día y la mayor parte de las naves no disponen de ventanas, las terneras viven condenadas a la oscuridad. No pueden mamar, ni rumiar, ni comer, ni beber. Están privadas de cualquier contacto con otros animales y viven en la oscuridad durante tres o cuatro meses. Como consecuencia, pueden contraer muchas enfermedades y, para evitarlo, se les administran grandes dosis de antibióticos y otros fármacos. Sólo abandonarán sus celdas para ir al matadero.

 

El sacrificio.

Quienes tengan dificultades para hacerse idea de la vida en una granja/fábrica pueden compararlo con la situación que vivirían los animales caseros. Imaginemos cinco perros metidos en una pequeña jaula, incapaces de moverse. Sin dientes para que no se muerdan entre ellos y en carne viva por el roce de su piel con los barrotes metálicos. Imaginemos 10 o 50.000 aprisionados durante un año o más. Perros en cajas apiladas unas sobre otras. Imaginemos el olor y el ruido… Muchos enfermos y con heridas, ladrando su agonía ante humanos insensibles.

Los perros, gatos y caballos pueden estar protegidos por las leyes de estas brutalidades. Pero no hay compasión para los animales destinados a la carne. Las barbaries de la ganadería intensiva son aceptadas e incluso deseadas, ya que mantiene bajos los precios. Irónicamente, el producto de tantas vidas atormentadas es comido a diario por personas que enrojecerían de ira si vieran al perro del vecino atado durante mucho tiempo o a una pandilla de niños torturando a un gato. Pero, el occidental medio sólo se acerca a los animales de las granjas cuando se los come y lo hace creyendo que éstos tienen una vida y una muerte “humanitaria”.

Hace siglos que se busca el modo de matar animales con rapidez y limpieza. Los cuatro métodos más extendidos son la pistola de aire comprimido, el dióxido de carbono, el shock eléctrico y el disparo con bala.

El primer procedimiento dispara balines o piezas metálicas con forma de seta que agujerean el cráneo de los animales. Algunos proyectiles están diseñados para matar al animal más por la contusión que provocan que por las heridas de penetración. El dióxido de carbono se utiliza en cerdos –y a veces en corderos y terneras- por medio de un tubo conectado a un recipiente que contiene gas en una concentración entre el 55 y el 75 %. Este gas hace perder la consciencia con una rapidez que depende de la talla del animal. El shock eléctrico consiste generalmente en dos electrodos que se aplican al animal y lo dejan sin sentido al instante. Para un reducido número de animales, los pequeños granjeros siguen prefiriendo el rifle o la pistola.

Ninguno de estos métodos está diseñado para matar al animal en el acto. Su objeto es derribarlo o dejarlo sin sentido mientras el corazón late y saca el máximo de sangre del cuerpo. Los animales siguen vivos, pero presumiblemente no sufren. Una vez sin sentido, el animal es colgado por una pata trasera y se le corta rápidamente el pecho y el cuello con un cuchillo de doble hoja de 15 centímetros de longitud, que secciona las grandes arterias.

Las técnicas de matanza son efectivas si los seres “humanos” saben aplicarlas. El sacrificio con pistola de aire comprimido se supone que debe requerir únicamente un disparo. Pero como los animales, pese a su supuesta falta de inteligencia, no permanecen pasivos en ese momento, pueden hacer falta más disparos.

El dióxido de carbono es probablemente una bendición comparada con las otras técnicas. Pero por su mayor complejidad sólo se utiliza en grandes mataderos. Es caro de instalar y de mantener, e incluso las grandes compañías prefieren alternarlo con otros métodos, pues el gas relaja los esfínteres de los animales y origina problemas de limpieza.

El shock eléctrico es el método preferido por muchos mataderos, sobre todo por los que se especializan en cerdos. La electricidad es eficaz, pero existen varios factores que limitan su efectividad – los electrodos corroídos, oxidados o deteriorados conducen menos corriente; el empleado puede apretar poco y no realizar un buen contacto, o pueden estar demasiado húmedos, sucios o ser aplicados en una zona en que el animal tenga mucho pelo. Si el Shock no es suficiente el animal puede quedar inmóvil y despierto, siendo espectador de su despedazamiento y de su muerte.

El mazo aún se utiliza en algunos mataderos porque es barato, aunque es duro para la persona y el animal. El operario debe encararse con su temerosa víctima, levantar el mazo y tratar de golpear un par de centímetros por encima de los ojos. Si el golpe falla mínimamente puede destrozar el hocico o un ojo. Se precisarán varios mazazos más para acabar con el animal. El mazo es cruel, y los fallos se incrementan a lo largo del día.

Pollos, pavos, patos, gansos y otras aves de corral están excluidos de las leyes que protegen a otros animales. Parece ser que a nadie le preocupa mucho lo que les ocurra a las aves. Hoy en día, las gallinas y sus parientes son atadas por las patas a una gran cadena colgante y móvil. Ésta las transporta vivas, cabeza abajo, hasta que llegan a la altura de una persona armada de un cuchillo afilado o a una máquina con cuchilla que las decapita parcialmente –la cabeza se deja finalmente unida al cuerpo para poder ser inspeccionada. Un buen operario puede decapitar tres mil aves por hora –casi una por segundo. En algunos mataderos pequeños se siguen utilizando métodos antiguos, como romper el cuello o forzar con un cuchillo la boca del animal, lo que rompe la base del cráneo y causa una hemorragia fatal.

 

Los peces.

Como los atunes, sardinas, merluzas y demás parientes no son mamíferos ni animales que los seres humanos consideran cercanos, poca gente siente compasión por lo que les pueda ocurrir. Los pescadores arrastran con la red de una sola vez toneladas de pescado, echándolos a bodegas donde se asfixian o mueren por el peso de los que tienen encima.

Si los compradores encontraran una vaca completa muerta sobre un escaparate de la carnicería se quejarían y mostrarían su disgusto. Pero hileras e hileras de peces enteros y muertos se depositan en los escaparates sin el menor cuestionamiento de los clientes. Las langostas vivas y apresadas en las peceras de los restaurantes son un mero objeto de curiosidad y divertimento. Muchos niños se sorprenden de ellas por su peculiar forma y por lo feas que les parecen.

Los peces se parecen menos a nosotros que las vacas, pero eso no nos da derecho a destruirlos sin necesidad. Los seres humanos no tenemos ningún derecho a matar animales, ni siquiera aún cuando estos reciban un buen trato, de la misma manera que no tenemos ningún derecho de matar a nadie porque nos guste su sabor.

Algunas tradiciones filosóficas dicen que se debe sentir algo cuando se ve violencia y crueldad –ya sea un sentimiento de culpa, remordimiento, compasión, desmayos o ira. Pero recomiendan que se suprima ese sentimiento cuando la violencia y la crueldad aportan alimento. Sin embargo, ese malestar interior perdura en muchas personas, y no siempre pueden suprimirlo sin dificultades. En algunas de ellas tan sólo sienten como una pequeña insinuación, pero estas “indicaciones” del alma son una luz en la oscuridad.

Quizás esta pequeña insinuación, ese pequeño sentimiento interior, está tratando de guiarnos hacia lo que realmente ya sabemos, que matar animales es un triste negocio, sobre todo cuando esta matanza resulta innecesaria, que toda forma de vida es merecedora de nuestra consideración y respeto, y que el respeto por los derechos de los demás no afecta únicamente a la raza humana.

 

 

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