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Los dos caminos.

Hay dos caminos que de inmediato se nos ofrecen como medio de trabajo: o bien tratamos de descubrir nuestra realidad, la realidad, afirmándolo todo, o tratamos de hacerlo abstrayéndonos de todo; o bien buscamos lo que es real­mente sujeto en uno mismo, la identidad de uno mismo como protagonista, como observador de todo lo que ocurre, o intento vivirnos en tanto que contenido, en tanto que expe­riencia o campo de conciencia.

Si utilizamos el primer modo, no somos ninguna cosa, somos el observador de cada cosa, de todas las cosas, y nuestros pro­pios procesos internos son objeto de nuestra observación, son objeto para uno, no son yo. Y así hemos de descubrir que ni nuestro pensamiento, ni nuestro sentimiento, ni nuestra aspiración, ni nuestra ex­periencia, por elevada o elemental que sea, esencialmente tiene nada que ver con uno mismo, con la realidad esencial de uno. Todo lo que experimentemos, veamos, entendamos, hagamos u observemos, no son uno mismo. El “yo” es el que está detrás, más allá. Por lo tanto somos no-cosa.

Se llega así a una abstracción total, a un vacío total, a un silencio total, que no es el producto de una inmovilización de las cosas de mí, sino de un desprendi­miento de toda creencia, de toda ilusión, sobre mi identidad. Cuando yo me desprendo de todo, cuando me doy cuenta de que ninguna cosa soy yo realmente, cuando me perca­to de que yo soy el sujeto último, el que está detrás, enton­ces desaparece mi sensación, mi sentimiento, mi todo, y surge el silencio. Y en este silencio se descubre lo que Es.

Por el otro camino, tratamos de vivir lo que somos en tanto que manifestación. Entonces, yo soy mi conciencia, la con­ciencia. Todo aquello de lo que soy consciente, de algún modo soy yo, es mío, es lo que forma mi realidad. Pero en tal caso hemos de ser también consecuentes, y ver que no debemos poner límites artificiales a estos contenidos de la conciencia. Si yo soy mi conciencia, yo soy toda mi concien­cia. Entonces, vamos a esta noción un poco sorprendente, extraña, que al principio tiende a rechazarse por lo inhabi­tual: de que de algún modo yo soy todo.

Yo soy conscien­te de mí, pero cuando descubro la realidad de otra perso­na, de algún modo la realidad de aquella persona es una parte de la realidad de mi conciencia.

Yo soy consciente, mi conciencia percibe la realidad de algo, y esta realidad forma parte de la conciencia que yo vivo, es mi realidad. Y toda cualidad, todo modo de ser, todo fenómeno de cualquier persona que percibamos, son aspectos de mi realidad, son otros aspectos de otra realidad: precisamente aquello que me falta para acabar de tener conciencia de la Realidad.

Cada persona que veo, cada circunstancia que descubro es un reconocimiento de la Realidad, de mi reali­dad, pero no de mi realidad como contrapuesta a la realidad de los otros, sino de la realidad que yo vivo en mí. Cual­quier separación que ponga es una separación artificial, convencional, que en nada responde a la realidad en sí de las cosas. La conciencia es todo. Todo aquello de lo que yo puedo tener conocimiento de un modo o de otro es mi con­tenido de conciencia, aquello es mi realidad.

Nuestro problema reside precisamente en la parciali­dad de nuestra conciencia. Reside en que yo he aprendido a creer que soy “algo” de lo que soy consciente, “algo” de lo que percibo, “algo” de lo que vivo como real; a ese algo, a esa porción, a aquella parte que está conectada con determinadas vías sensoriales y de percepción interna la llamo yo. Y al resto de realidad, al resto de los contenidos de mi conciencia que están conectados con otras vías perceptivas mías lo llamo lo otro, el mundo, la gente, lo extraño. Pero aquí no hay más que dos zonas de mi conciencia.

Mientras yo creo que soy una porción de ella y estoy desconectado del resto, tengo el problema de mi subsistencia, de mi de­fensa frente a todo el resto; por lo tanto, tendré que afirmar­me como individuo, tendré que defenderme, porque me sentiré amenazado, amenazado de invasión, de anulación, de disminución o valorización, etc. Sólo cuando yo puedo reconocerme en todo, desaparece todo el miedo posible. Mientras yo crea que soy sólo algo, tendré que defender este algo contra todo el resto, y estaré, lo quiera o no, en guerra con todo, en estado de alarma permanente, aunque lo disimule con mi buena educación, o con mis ideales, con mis condicionamientos de bondad.

Esta parcialidad que tengo, este trozo de realidad que llamo yo, la conciencia que tengo de eso que llamo yo tie­ne que evolucionar: o bien expandiéndose más y más, o bien abstrayéndose más y más. Nosotros consideramos que lo correcto es hacer los dos movimientos: afirmación total y abstracción total. Pero, curiosamente, nadie es capaz de hacer esto hasta que primero no se siente un mínimo seguro como tal porción.

Mientras yo, como tal porción, tenga miedo, esté asustado, estaré concentrado totalmente, estaré preocupa­do, obsesionado, en defender esa porción, y ni siquiera podré aceptar que yo soy más, mucho más, que esa por­ción, y me resbalarán todas las verdades que se refieran a una expansión de mí mismo, porque estoy metido en el con­flicto de demostrar que yo soy yo de esta manera, que val­go en tanto que soy de esta manera y no de otra.

En una fase aguda de inseguridad, la per­sona no puede hacer otra cosa que tratar de defender su propia pequeña personalidad. Y esto es lo que ha de ha­cer. Y a esto es a lo que llamamos maduración humana, crecer, o al menos pasar el perío­do adolescente, aunque se tengan sesenta años. Y sólo cuando este problema esté de raíz resuelto -aunque no esté totalmente resuelto, pero sí en lo más fundamental-, cuando la persona se sienta reivindicada como tal perso­na, cuando se sienta capaz de hacer, cuando pueda acep­tarse a sí misma como tal persona, con sus limitaciones y sus cualidades, hasta que no pueda vivir sus límites y acep­tarlos, no estará en condiciones de ir más allá, o más acá.

El problema del ser humano es que está inmovilizado en su preocupación por sí mismo, y esta preocupación le im­pide ir hacia adelante o hacia atrás, le impide progresar, evo­lucionar, o involucionar, le impide trascenderse. Por esto, cuando se tienen aspiraciones a un trabajo espiritual, es bueno quizá que uno se pregunte primero en qué medida está preocupado, en el fondo, por afirmar su personalidad.

Y en tal caso, que la afirme, directamente, que no la disfra­ce con nada, que vea que es una realidad, un derecho, una obligación, que tiene de tratar de afirmar su personalidad, y que las enseñanzas que recibimos sobre que hemos de ser humildes y hemos de ser desprendidos, espirituales, son falsas mientras la persona no ha vivido su propia personali­dad de un modo positivo, cierto, real. Empiezan a ser ver­daderas cuando la persona ha vivido, se ha afirmado, ha crecido en esa dimensión humana; entonces es cuando esas sugerencias empiezan a tener verdadero sentido.

Ese trabajo de afirmación sólo se puede hacer viviendo, y vi­viendo en lo que llamamos vida exterior. Porque la perso­na donde se siente negada es en su vida exterior, donde se siente herida es en su capacidad de relacionarse de igual a igual con los demás, de sentirse aceptado y de ser capaz de aceptar a los demás, de demostrar su capacidad de lucha, de vivir sus energías.

Y esas energías las ha de vivir en el mundo exterior, y eso es lo que le permitirá afirmarse. Pero mientras tenga­mos el miedo de nuestra propia fuerza interior, de nuestra propia agresividad, estamos viviendo una automutilación permanente que nos incapacita para crecer en cualquier di­rección. Cuando la persona, a través de una vida activa, a través de asumir responsabilidad y riesgos, va desarrollan­do sus capacidades y con ello va tomando una conciencia más sólida, más positiva de sí misma, entonces es cuando empieza esta posibilidad de evolución, sea en el sentido de expansión, sea en el de abstracción, o en los dos.

Y tam­bién esto ha de poder hacerlo viviendo, no cortando su vida artificialmente, tratando de convertir la vida en una cosa estática; vivir, vivir la naturalidad. La expansión la hare­mos cada vez que seamos capaces de convivir aceptando, aceptando al otro como nos aceptamos a nosotros, no man­teniendo al otro a distancia de nosotros, sino aprendiendo a vivir yo y el otro con la mente abierta, con el corazón abier­to, viviéndolo como una unidad de conciencia, viviendo toda la situación y sus componentes en una simple mirada, en un simple acto que lo incluya todo.

Así es como crece, de hecho, nuestra conciencia: aprendiendo a vivir lo que llamamos yo y lo que creemos no-yo con una sola mirada, en un acto inclusivo, y no con una frontera, con una barre­ra mental que separa, que distingue, que aísla, que defien­de, que ataca.

La abstracción también deberemos realizarla viviendo. Porque es viviendo, que quiere decir movilizando los propios con­tenidos de conciencia, como podremos ir descubriendo lo que es objeto para nuestra observación. Y sólo en la medida en que las cosas se mueven, podemos verlas, y sólo en la medida en que las vemos, las reconocemos como objeto, y por lo mismo llegamos a esa conciencia de sujeto que hay detrás de lo que se mira.

 

 

 

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