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Dominio del Pensamiento y del Sentimiento.

Cuando el ser humano busca el camino de la ciencia oculta como hemos descrito en este espacio, es preciso que no deje de fortalecerse por medio de un determinado pensamiento persistente durante todo el tiempo de su discipulado. Deberá siempre tener presente que quizá haya realizado progresos bastantes notables después de cierto tiempo, sin que éstos se le manifiesten en la forma que él posiblemente esperaba. Quien no lo tenga presente, fácilmente podrá desanimarse y abandonar todo esfuerzo al cabo de poco tiempo. Las fuerzas y facultades que hay que desarrollar son, al principio, de índole sumamente sutil, y su naturaleza difiere totalmente de la idea previamente formada por el discípulo, sólo acostumbrado a ocuparse del mundo físico.

El mundo espiritual y el anímico se sustraían a sus sentidos y también a sus conceptos. Por esto, no es de extrañar que no le sea posible darse cuenta inmediatamente de las fuerzas espirituales y anímicas que en él se desenvuelven. En esto radica la posibilidad de engañarse para todo aquel que emprenda el sendero sin atenerse a las experiencias reunidas por los investigadores versados.

El investigador espiritual conoce los progresos del discípulo mucho antes de que éste tenga conciencia de esos progresos; sabe cómo se van formando los sutiles ojos espirituales antes que su discípulo sea consciente de ello. Y gran parte de las indicaciones del investigador espiritual consisten precisamente en dar expresión a lo que hace que el discípulo no pierda la confianza y la perseverancia antes de que él mismo haya llegado a la comprensión de sus procesos.

El conocedor de lo espiritual no puede dar a su discípulo si no aquello que éste de un modo oculto ya posee. Sólo puede darle las instrucciones para el desarrollo de sus facultades latentes. Pero lo que transmite de sus propias experiencias será sostén para el discípulo que quiere abrirse paso de la oscuridad a la luz.

Muchos abandonan el sendero de la ciencia espiritual poco después de haber entrado en él, porque no notan inmediatamente sus progresos. Incluso cuando se presentan las primeras experiencias superiores, perceptibles para él, el discípulo muchas veces las considera como ilusiones, porque se había formado ideas muy distintas acerca de lo que debía experimentar. Se desanima, ya sea porque no da valor a estas primeras experiencias, ya sea que éstas le parecen tan insignificantes que no cree que en tiempo no lejano pueden conducirle a un resultado apreciable.

Pero la valentía de ánimo y la confianza en sí mismo son las dos antorchas que nunca deben apagarse en el sendero hacia la ciencia espiritual. Quien no tenga el ánimo de repetir con toda paciencia, sin cansarse, un ejercicio que aparentemente no haya dado buen resultado, un sinnúmero de veces, no podrá llegar muy lejos.

Mucho antes de notar claramente los progresos logrados, surge de las profundidades del alma un sentimiento indefinido de encontrarse en buen camino. Este sentimiento debe cultivarse y alimentarse, porque puede transformarse en seguro guía.

Ante todo, es necesario extinguir la idea de que, para llegar al conocimiento superior, se requieren prácticas extrañas y misteriosas. Hay que tener presente que se debe partir de los sentimientos y pensamientos que forman parte de nuestra vida y que sólo es preciso darles otro rumbo que el habitual. Que el discípulo empiece por decirse: “ En el mundo de mis propios sentimientos y pensamientos yacen ocultos los misterios más sublimes, inadvertidos hasta ahora".

En realidad, todo reside en que el ser humano vive constantemente como cuerpo, alma y espíritu, pero que sólo es efectivamente consciente de su cuerpo, mas no de su alma ni de su espíritu. El discípulo, en cambio, adquiere conciencia del alma y del espíritu, tal como el hombre común la tiene de su cuerpo.

Por esta razón, es importante dar la debida orientación a los sentimientos y los pensamientos, con lo cual se desarrolla la facultad de percibir lo que es invisible en la vida comente. En lo que sigue, se va a indicar uno de los caminos que conducen a tal fin. En verdad es algo muy sencillo, como casi todo lo que se ha transmitido hasta aquí, pero que dará los más importantes resultados si se ejecuta con perseverancia y si el discípulo es capaz de realizarlo con la disposición de ánimo que para ello se necesita.

Tómese y obsérvese la pequeña semilla de una planta. Lo esencial es suscitar intensamente ante este insignificante objeto los pensamientos apropiados, así como desarrollar, por medio de estos pensamientos ciertos sentimientos. Primero téngase un claro concepto de lo que realmente se ve con los ojos. Descríbase a sí mismo la forma, el color y todas las demás propiedades de esa semilla. Luego hágase la siguiente reflexión: de esta semilla, si se siembra en el suelo, nacerá una planta multiforme. Represéntese la forma de esta planta, constrúyase la misma imaginativamente y luego reflexiónese como sigue. "Lo que ahora me represento imaginativamente, las fuerzas de la tierra y de la luz lo harán realmente nacer de esta semilla. Si tuviera ante mí un objeto artificial que imitara tan perfectamente esta semilla que mis ojos no pudieran distinguirlo de una verdadera semilla, ninguna fuerza del suelo ni de la luz sería capaz de engendrar de él una planta".

Quien conciba claramente este pensamiento, cual una experiencia interior, podrá formarse también el que sigue, acompañándolo del sentimiento adecuado. Se dirá: "En la semilla se halla latente, como potencialidad de la planta toda, lo que de ella nacerá más tarde. Esa potencialidad no mora en la imitación artificial. No obstante, para mis ojos, una y otra son idénticas. La semilla verdadera contiene, pues, algo invisible que no existe en la imitación".

Diríjase ahora los sentimientos y los pensamientos sobre eso que es invisible. Imagínese que esa parte invisible se transformará, más adelante, en la planta visible que se podrá contemplar con su forma y sus colores. Abríguese entonces la idea: “Lo invisible se hará visible”. Si yo no tuviera la facultad de pensar, no podría manifestárseme lo que sólo más tarde se hará visible.

Debe destacarse particularmente: lo que se piensa., debe también sentirse intensamente. Con calma y libre de pensamiento perturbador, habrá que vivenciar conscientemente el pensamiento anteriormente señalado. Y habrá que dar el tiempo necesario para que el pensamiento y el sentimiento que con él se vinculan, penetren profundamente en el alma. Si esto se logra de la justa manera, entonces, al cabo de cierto tiempo, quizás después de muchas tentativas, se sentirá surgir una fuerza interior, fuerza que creará una nueva facultad de percepción. La semilla parecerá como envuelta en una nubecilla luminosa que se percibirá, de un modo sensorial-espiritual, cual una llama. Su centro evoca la misma sensación que se experimenta bajo la impresión del color lila, y el borde evoca la sensación que produce el color azulado.

Así se revela lo que antes no se había percibido y que ha sido creado por la fuerza de los pensamientos y los sentimientos que el discípulo ha despertado en sí mismo. Lo que había quedado físicamente invisible, o sea la planta que sólo más tarde llegará a ser visible, se revela entonces de manera espiritualmente visible.

No es de extrañar que muchos consideren todo esto como ilusión y se pregunten: "¿De qué me sirven semejantes visiones de la fantasía?", y no pocos renunciarán y abandonarán el sendero. Pero lo que importa es precisamente no confundir la fantasía con la realidad espiritual en estas cosas difíciles del desarrollo humano; más aún, sentirse animado para seguir adelante sin temor ni indecisión.

Por otra parte, es preciso acentuar que constantemente debe cultivarse el sentido común que sabe distinguir entre lo verdadero y lo ilusorio. Durante todos estos ejercicios, el discípulo no debe perder jamás el pleno y consciente dominio de sí mismo. Deberá pensar en este campo con el mismo acierto con que reflexiona sobre las cosas y los sucesos de la vida cotidiana. Lo peor sería si se abandonara a quimeras o fantasías.

En todo momento debe conservar la claridad y hasta la sobriedad del intelecto. Significaría el mayor desacierto el que, debido a estos ejercicios, el discípulo perdiera su equilibrio interior y se quedara impedido para juzgar las cosas de la vida cotidiana tan sana y claramente como antes. Por tanto, el discípulo debe examinarse en todo momento para verificar si, acaso, no ha quedado sin el equilibrio anímico, y si sigue siendo el mismo ser humano dentro de las condiciones de su vida.

Apoyarse firmemente en sí mismo con un sentido claro para todo: esto es lo que él debe conservarse. Ante todo, ha de tener sumo cuidado de no abandonarse a vagas ensoñaciones ni entregarse a la práctica de cualesquiera ejercicios. Todos los pensamientos característicos que aquí se transmiten, han sido probados y practicados desde tiempos remotos en las escuelas ocultas; y únicamente tales pensamientos se dan a conocer aquí. El que quisiera emplear pensamientos de otra índole que él mismo se formara, o sobre lo que hubiese oído o leído aquí o allá andaría extraviado y pronto se encontraría en un camino de desenfrenadas quimeras.

Un ejercicio que ha de seguir al anteriormente descrito es el siguiente. Obsérvese una planta plenamente desarrollada y compenétrese entonces del pensamiento de que llegará el momento en que esa planta se marchitará y perecerá. Nada perdurará de lo que tengo ahora ante mis ojos, pero esa planta habrá entonces producido semillas que, más tarde, volverán a convertirse en nuevas plantas. De modo que otra vez me percato de que, en lo que mis ojos ven, existe algo oculto que ahora no veo. Me compenetro entonces del pensamiento: dentro de poco, esta planta, con su forma y colores, habrá dejado de existir. Pero la idea de que ella produce semillas me enseña que no va a desvanecerse en la nada. Lo que la preserva de la desaparición, no puedo verlo con mis ojos, lo mismo que no me fue posible ver en la pequeña semilla, la futura planta.

Existe, pues, en la planta algo que mis ojos no pueden ver. Si dejo que en mí viva este pensamiento, y si en mi interior se une a él el correspondiente sentimiento, al cabo de cierto tiempo se desarrollará en mi alma otra fuerza que se convertirá en una nueva visión. De la planta emergerá una especie de llama espiritual que, naturalmente, será mayor en tamaño a la descrita anteriormente. Esta llama producirá aproximadamente la sensación del color azul-verdoso en su parte media, y rojo-amarillento en su borde exterior.

Debe advertirse expresamente que lo que aquí se define como "colores", no se percibe de igual modo como los ojos físicos ven los colores; sino que la percepción espiritual da lugar a una sensación parecida a la impresión física del color. Tener la percepción espiritual de lo "azul" significa que se nota, o se siente, algo similar a lo que se experimenta cuando la mirada del ojo físico descansa sobre el color "azul". Esto debe tenerlo en cuenta quien quiera elevarse paulatinamente hasta las verdaderas percepciones espirituales. De lo contrario, esperaría encontrar en lo espiritual nada más que una repetición de lo físico, lo que le causaría el más amargo desconcierto.

Quien haya llegado al referido grado de visión espiritual ya habrá conseguido mucho; pues se le revelarán las cosas no solamente en su ser o existencia actual, sino también en sus procesos del nacer y perecer. Comenzará a percibir en todas las cosas el espíritu del que nada puede saber el ojo físico. Y es así como habrá dado los primeros pasos para llegar, con el tiempo, a descifrar por propia visión, el enigma del nacimiento y de la muerte. Para los sentidos exteriores, un ser aparece con el nacimiento y desaparece con la muerte. Así parece porque los sentidos no perciben el escondido espíritu de ese ser.

Para el espíritu, el nacimiento y la muerte son sólo una metamorfosis, así como hay una metamorfosis que sucede ante nuestros ojos cuando del capullo brota la flor. Para reconocerlo por propia visión, es preciso despertar el sentido espiritual de la manera que hemos referido .

Para acallar desde un principio otra objeción que pudieran hacer ciertas personas dotadas de alguna experiencia psíquica, agregaremos lo siguiente. No queremos negar que haya caminos más cortos y métodos más sencillos, de modo que hay quienes llegan por su propia visión a comprender los fenómenos del nacimiento y de la muerte, sin antes haber pasado por todo lo descrito en este libro.

Efectivamente, hay quienes poseen notables disposiciones psíquicas cuyo desarrollo requiere tan sólo un leve estímulo; pero son los casos excepcionales, mientras que la senda aquí indicada es camino seguro y válido para todos. Es posible, ciertamente, adquirir algunos conocimientos químicos por medios excepcionales; mas para llegar a ser químico hay que seguir el camino habitual y seguro. Sería un grave error creer que con sólo imaginarse la pequeña semilla o la planta, o sea, meramente representársela por medio de la fantasía, se puede llegar más cómodamente a la meta.

Es cierto que quien lo haga, también podrá obtener resultados, pero de una manera menos segura que la indicada. La visión a que se llegue será, en la mayoría de los casos, simple espejismo de la fantasía, y haría falta aguardar la transformación en auténtica visión espiritual. Lo que importa es que, en vez de crearme yo mismo visiones al mero arbitrio, ha de ser la realidad la que debe crearlas dentro de mi alma. La verdad ha de suscitarse de las profundidades de mi propia alma, pero mi yo común no debe ser el mago que intente hacer surgir la verdad, sino que como magos deben actuar los seres cuya verdad espiritual deseo percibir.

Cuando el discípulo, mediante tales ejercicios, haya dado los primeros pasos hacia la visión espiritual, podrá elevarse a la contemplación del ser humano mismo. Al principio debe elegir fenómenos sencillos de la vida humana. Pero antes de hacerlo, es necesario esforzarse en alcanzar la plena pureza de su moralidad. El discípulo deberá desechar todo pensamiento que tienda a la utilización de los conocimientos así adquiridos para satisfacción de su interés personal. Tendrá que estar seguro de que no utilizará jamás para el mal, el dominio que pudiere adquirir sobre sus semejantes.

Es por esta razón que todo aquel que, por visión propia, busque el conocimiento de los misterios de la naturaleza humana deberá observar la regla de oro de la verdadera ciencia espiritual. Y esta regla dice: si intentas dar un paso hacia el conocimiento de las verdades ocultas, da a la vez tres pasos hacia el perfeccionamiento de tu carácter referente al bien. Quien observe esta regla podrá practicar ejercicios como el que se describe a continuación.

Evóquese la imagen de una persona a quien se observó una vez cuando tenía el deseo de obtener esto o aquello. Sobre ese deseo debe concentrarse la atención. Lo mejor es traer a la memoria el momento en que el deseo había alcanzado su mayor intensidad, siendo todavía inseguro si esa persona obtendría o no lo anhelado. Compenétrese luego con la representación de lo que en el recuerdo se puede observar, conservando la más absoluta quietud de la propia alma.

Trátese, en la medida de lo posible, de permanecer ciego y sordo para todo lo demás que suceda en torno, y póngase especial atención a que en el alma nazca un sentimiento suscitado por la referida representación. Déjese que este sentimiento suba en el alma como una nube sobre un horizonte sereno. Es natural que, por lo general, esta observación quede interrumpida por no haber observado durante suficiente tiempo a la persona en cuestión en aquel estado de alma.

Probablemente, el intento resultará vano centenares de veces; mas no se debe perder la paciencia. Después de numerosas tentativas, se llegará a experimentar un sentimiento que corresponde al estado de ánimo de la persona observada. Asimismo, después de algún tiempo se notará que, gracias a ese sentimiento, surge en el alma propia una fuerza que se convierte en visión espiritual del estado anímico de la otra persona. Aparecerá en el campo visual una imagen que da la sensación de algo luciente. Y esta imagen espiritual luciente es lo que se llama la manifestación astral del estado anímico de aquel deseo.

Una vez más la característica de esta imagen puede describirse como semejante a una llama. En el centro será rojo amarillento, y en el borde evocará la sensación de azul rojizo o lila. Es menester tratar con delicadeza tal visión espiritual; lo mejor es no hablar de ella a nadie, a no ser al propio guía, si se tiene. Porque si se intenta describir tal fenómeno por medio de palabras inadecuadas, frecuentemente se cae en graves ilusiones. Se emplean las palabras usuales, no acuñadas para expresar semejantes cosas y por tanto, demasiado groseras y pesadas. Resulta entonces que la intención de expresarlo con palabras induce a uno a entremezclar en la verdadera visión, toda clase de fantasías ilusorias.

Otra regla importante para el discípulo es la siguiente: "Aprende a guardar silencio sobre tus visiones espirituales”; debes callar incluso ante tí mismo; no trates de expresar en palabras, ni de analizar con el torpe intelecto, lo que percibes en espíritu. Abandónate naturalmente a tu visión espiritual sin enturbiarla con tu reflexionar, pues debes tener presente que, al principio, tu capacidad de reflexionar no será comparable en modo alguno, a tu facultad vidente. Tu facultad de raciocinar la adquiriste en tu vida, que hasta ahora estaba limitada al mundo físico sensible y lo que ahora estás conquistando sobrepasa esos límites. No trates, pues, de aplicar a lo nuevo y más elevado, el patrón de lo anterior.

Sólo aquel que ya tenga alguna firmeza en la observación de experiencias interiores, podrá hablar de ellas, para dar con sus palabras un estímulo a otras personas. Otro ejercicio más puede completar el ya descrito. Obsérvese de la misma manera a una persona a que se haya satisfecho algún deseo, o que haya logrado la realización de una esperanza. Si se siguen las mismas reglas y precauciones que las indicadas en el caso precedente, también se llegará a una visión espiritual. Se advertirá el brotar de una llama espiritual cuyo centro provoca la sensación de lo amarillo y cuyo borde se experimenta como de color verdoso.

Semejantes observaciones sobre otras personas, pueden dar origen a que el discípulo incurra en una falta moral: podría juzgar con desprecio, o sea, falto de amor. Para que esto no suceda, tendrá que valerse de todos los medios a su alcance. Observaciones de la referida índole deben realizarse solamente por quien haya alcanzado un grado de desarrollo en el que ya lo tenga por absolutamente seguro que los pensamientos son realidades efectivas. Por consiguiente, no deberá permitirse pensar de los demás de manera que sus pensamientos sean incompatibles con el más profundo respeto a la dignidad y la libertad humanas. No debe, pues, entrar jamás en nuestro ánimo la idea de que un ser humano pueda ser para nosotros simple objeto de observación. Paralelamente, a cada observación oculta de la naturaleza humana, la autoeducación debe conducirnos a respetar sin reserva el decoro de cada individuo y a considerar, incluso en pensamientos y sentimientos, como algo sagrado e inviolable, lo que mora en todo ser humano. Ha de colmarnos un sentimiento de respeto sagrado a todo lo humano aún cuando lo pensemos solamente en el recordar.

Sólo con estos dos ejemplos hemos tratado de ilustrar cómo puede lograrse la iluminación referente a la naturaleza humana. Ellos sirvieron cuando menos para indicar el camino a seguir. El alma de quien gane el sosiego y la quietud interior indispensables para tal observación, ya con ello experimentará una profunda transformación, y pronto alcanzará el punto en que este enriquecimiento interior le confiera firmeza y calma hasta en su conducta externa; conducta que, a su vez, repercutirá en beneficio de su alma. Y así irá progresando. Sabrá encontrar medios y caminos para descubrir, cada vez más, lo que de la naturaleza humana está oculto para los sentidos exteriores; y llegará, además, a la madurez necesaria para formarse una idea de las relaciones enigmáticas entre la naturaleza humana y todo lo que existe en el universo.

Siguiendo este camino, el ser humano se aproxima más y más al momento en que pueda dar los primeros pasos de la iniciación, si bien antes de poder darlos se requiere otra cosa mas; algo cuya necesidad, por de pronto, el discípulo tendrá dificultad en comprender; más tarde llegará a comprenderlo. Lo que el candidato debe poseer escualor e intrepidez, desarrollados en cierto sentido; incluso debe buscar las oportunidades favorables al desarrollo de estas virtudes.

En la enseñanza oculta es necesario ejercitarlas metódicamente. La vida misma es, sobre todo la vida en ese sentido, una buena, quizá la mejor, escuela oculta. El discípulo ha de saber arrostrar serenamente un peligro, y proponerse superar las dificultades sin temor. Por ejemplo, ante un peligro debe inmediatamente fortalecer su ánimo diciéndose: "mi miedo de nada me sirve; no debo sentirlo en absoluto; pensaré solamente en lo que hay que hacer". Y debe alcanzar tanta firmeza que, en ocasiones en que antes estaba temeroso, el "tener miedo", o el "desalentarse", resulten cosas imposibles de invadirle, al menos para su sentir más íntimo. Es que mediante la autoeducación en este sentido, el ser humano desarrolla dentro de sí fuerzas bien definidas, necesarias para la iniciación en los misterios superiores.

Así como el hombre tísico necesita potencia de los nervios para usar sus sentidos corpóreos, así también el hombre anímico tiene necesidad de la fuerza que sólo puede desarrollarse en las naturalezas valerosas e intrépidas. Quien penetra en los misterios superiores, percibe hechos que permanecen ocultos a la vista del hombre común, debido a la ilusión de los sentidos. Si bien los sentidos físicos no nos permiten percibir la verdad superior, son precisamente por eso nuestros bienhechores. Gracias a ellos, se ocultan para el hombre cosas que, sin la debida preparación, le causarían inmensa consternación, y cuyo aspecto no podría soportar. El discípulo debe aprender a enfrentarse a tal aspecto. Al desarrollarse espiritualmente pierde ciertos apoyos del mundo exterior, que antes poseía gracias a la circunstancia de haber vivido en la ilusión. La situación es exactamente así como si a alguien se le señalase un peligro al que estuvo expuesto durante mucho tiempo sin saberlo. Antes no tenía miedo; pero ahora que lo sabe le sobreviene el miedo, aunque el peligro no por conocerlo, sea mayor.

Entre las fuerzas que actúan en el mundo, las hay destructivas y constructivas; el destino de los seres que exteriormente existen, es nacer y desaparecer. El vidente debe penetrar con la mirada en el obrar de esas fuerzas y en el decurso de ese destino; habrá de quitársele el velo que en la vida común cubre los ojos espirituales. Pero el hombre mismo se halla vinculado a dichas fuerzas y a dicho destino. En su propia naturaleza existen fuerzas destructivas y constructivas. Así como los demás hechos se presentan sin velo ante el ojo del vidente, así también la propia alma se presenta sin velo a sí misma. Ante este conocimiento de sí mismo, el discípulo no debe perder fuerza, la que únicamente no le faltará, si la posee en abundancia. Para lograrlo ha de aprender a mantener tranquilidad interior y firmeza en las situaciones difíciles de la vida; cultivar dentro de sí la firme confianza en las fuerzas del bien de la existencia; estar preparado para descubrir que ciertos móviles que hasta ahora le guiaban, cesan de hacerlo; comprender que antes, frecuentemente obraba y pensaba porque se hallaba embargado por la ignorancia. Dejará de valerse de motivos como los que antes le guiaban. A veces solía obrar por vanidad, ahora comprenderá cuan inmensamente fútil es toda vanidad para el que sabe. Si obraba por avaricia, se dará cuenta de cuan destructiva es la avaricia. Tendrá que desarrollar incentivos totalmente nuevos para actuar y pensar, y para ello son precisamente necesarios el valor y la intrepidez.

Sobre todo se trata de cultivar ese valor y esa intrepidez en lo más íntimo de los pensamientos. El discípulo ha de aprender a no descorazonarse por los fracasos, y a ser capaz de pensar: "Voy a olvidar que nuevamente he fracasado en este propósito, y haré otra tentativa como si nada hubiera acontecido". Así, se abre paso hacia la convicción de que en el mundo son inagotables las fuentes de las que se puede sacar fuerza.

Siempre de nuevo se dirigirá a lo espiritual que lo elevará y le dará sostén todas las veces que su ser terrenal resulte impotente y débil. Adquirirá la capacidad de vivir mirando hacia el porvenir, sin dejarse inquietar en esta aspiración por las experiencias del pasado. Cuando el hombre posea las referidas cualidades hasta cierto grado, tendrá la madurez para conocer los verdaderos nombres de las cosas, clave del saber superior, pues la iniciación consiste en que se aprende a utilizar para las cosas del mundo, los nombres que tienen en el espíritu de sus creadores divinos. Estos nombres encierran los misterios de las cosas. El lenguaje de los iniciados se diferencia del de los no iniciados en que los primeros emplean para los seres los nombres por los que fueron creados.

 

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