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Los defectos.

Si me encolerizo o me enojo, levanto en torno mío una barrera en el mundo anímico, y las fuerzas que deberían desarrollar los órganos de mi visión anímica no pueden llegar hasta mí. Cuando, por ejemplo, alguien me hace enfadar, envía una corriente anímica al mundo anímico. No puedo ver esta corriente en tanto que yo sea capaz de enojarme; mi propia ira me la oculta. Naturalmente, no he de creer que si logro no enojarme, vaya a tener en seguida una visión anímica (astral), ya que para tal fin es necesario que antes se desarrolle en mí el ojo anímico.

La predisposición para tal órgano existe en todo ser humano, sin embargo, permanece inactivo en tanto que el hombre sea susceptible de enojarse. Tampoco se tornará activo cuando se haya luchado un poco contra la ira. Antes bien, hay que perseverar combatiéndola, sin cansarse y con paciencia; luego llegará el día en que se advierta que el ojo del alma se ha desarrollado. Cierto es que para alcanzar tal objetivo no basta combatir únicamente el enojo.

Muchos se impacientan y se tornan escépticos porque durante años han venido combatiendo ciertas inclinaciones del alma sin alcanzar la clarividencia. Lo que han hecho en realidad es desarrollar ciertas cualidades, dejando que otras predominaran tanto más. El don de la clarividencia no puede manifestarse antes de que hayan quedado dominadas todas las propensiones que puedan impedir el desarrollo de las facultades latentes. Es cierto que los primeros síntomas de la visión (o de la audición) espiritual comienzan a manifestarse antes de llegar ese momento, son sólo brotes endebles, sujetos a toda clase de errores, y pueden fácilmente desvanecerse si no se sigue cuidándolos con la debida atención.

Otros defectos que como la cólera y el enojo, deben combatirse, son la propensión al miedo, la superstición, la tendencia al prejuicio, la vanidad y la ambición, la curiosidad y el no saber guardar discreción, así como el hacer distinciones entre los seres humanos por sus características exteriores de jerarquía, sexo, raza, etc.

En nuestros tiempos será difícil comprender que el combatir tales defectos tiene algo que ver con el aumento de la facultad cognoscitiva. Pero todo investigador de la ciencia oculta sabe que de todo esto depende mucho más que del aumento de la inteligencia o de la práctica de ejercicios artificiales. Fácilmente puede suscitarse el malentendido de creer que uno tenga que convertirse en hombre audaz, porque debe ser intrépido, o que haya que pasar por alto toda diferencia entre las personas, porque se debe combatir los prejuicios de clase, de raza, etc. Antes bien, sólo se aprende a conocer y juzgar correctamente, cuando uno se ha liberado de los prejuicios.

Hasta en sentido corriente es cierto que el miedo ante un fenómeno me impide juzgarlo con discernimiento, y que un prejuicio de raza me impide penetrar en el alma de otro hombre. El discípulo de la enseñanza oculta tiene que desarrollar este sentido corriente con gran sutileza y acierto.

 

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