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La templanza.

La tendencia natural hacia el placer sensible que se obtiene en la comida, la bebida y el deleite sexual es la forma de manifestarse y el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Estas energías vitales representan la actividad irrefrenable de lo que es la vida y sobrepasan también a todas las demás energías en capacidad destructora cuando se desordenan. Abstinencia y castidad o falta de sobriedad en los deleites del cuerpo y lujuria son las dos formas originarias de la templanza o la ausencia de ella.

La lujuria da lugar a una ceguera del espíritu que incapacita para ver los bienes del espíritu y quita la fuerza de voluntad. En cambio, la castidad hace al hombre capaz y lo dispone para la contemplación. No muere el alma porque le falte algo sino porque algo la envenena.

El ser del hombre consiste en ser de acuerdo con los dictados de la razón. Por eso se dice que cuando uno se atiene al dictado de la razón es fiel a sí mismo. La lujuria destruye de una forma especial esa fidelidad del hombre consigo mismo y ese permanecer en el propio ser. Ese abandono del alma, que se entrega desarmada al mundo sensible, paraliza y aniquila más tarde la capacidad de la persona en cuanto ente moral, que ya no es capaz de escuchar silencioso la llamada de la verdadera realidad, ni de reunir serenamente los datos necesarios para adoptar la postura justa en una determinada circunstancia. El hombre se ha hecho parcial y se insensibiliza para percibir la totalidad de lo que realmente es. Es el mal uso y corrupción de la prudencia, de la ceguera del espíritu y de la desaparición de la fuerza de voluntad. Todo buen propósito quedará siempre amenazado por la inconstancia.

Las realidades llamadas sensibles o inferiores juegan un papel tan importante como las más altas y espirituales en el conjunto de la vida.

El hombre no casto quiere pero exclusivamente para sí mismo; siempre se halla distraído por un interés ilusorio, que no es real. La obsesión de gozar, que lo tiene siempre ocupado, le impide acercarse a la realidad serenamente y le priva del auténtico conocimiento. El mirador del alma se ha vuelto opaco, está empolvado por el interés egoísta, que no deja pasar hasta ella las emanaciones del ser. Sólo puede oír aquel que guarda silencio, y sólo es transparente lo que es invisible.

La forma de buscar el propio interés en la lujuria lleva sobre sí la maldición de un egoísmo estéril.

La castidad no sólo capacita y predispone para percibir correctamente la realidad, creando así conductas acordes con ella, sino que prepara el alma para la contemplación, esa forma sublime de contacto con la verdad objetiva en que se confunde el conocimiento límpido con la amorosa entrega. Mediante la contemplación el hombre entra en comunión con el Ser divino y asimila la verdad pura, que es el bien supremo. La esencia de la persona moral consiste en declararse abierto para la verdad real de las cosas y vivir de la verdad que se ha incorporado al propio ser. Sólo quien sea capaz de ver esto y de aceptarlo será también capaz de entender hasta qué profundidades llega la destrucción que en sí mismo desencadena un corazón impuro.

No sólo la acción consumada constituye pecado, sino también la complacencia voluntaria en la representación del deleite que acompaña a esa acción; pues no es imaginable tal complacencia sin la aceptación del hecho exterior. Así todo lo que procede de la complacencia voluntaria es pecado.

La lujuria destruye el verdadero gozo sensible de lo que es sensiblemente bello, percibir la belleza sensible propia de cada cosa pues tiende siempre a reducirlo al deleite sexual. Sólo percibe la belleza del mundo quien lo contempla con mirada limpia.

El fondo del desorden que introduce la lujuria en la creación no está en la perversión que se puede ver a la vuelta de cada esquina sino en la injusticia que despoja y niega a personas de Fe, Esperanza y Caridad. Dolor y sufrimiento. La templanza debe ayudar a desenmascarar esa fachada seductora que el mundo despliega ante nuestros ojos.

En realidad no se cometen muchos pecados porque los instintos naturales lleven a ello; la mayor parte se producen por acción de los incentivos de fuera (excitantes refinados con que se satura todo el ámbito de lo sexual), que ha inventado la curiosidad morbosa del hombre y que ocasionan una sobreexcitación de las pasiones. Esa fascinación atosigante es el resultado de una acción concertada entre la locura desatada de atrapar deleites y el afán de lucro de los intermediarios entre la pasión y su objeto.

La templanza no es, en sí, la realización del bien. La moderación, la medida y la castidad no son la perfección del hombre, pero crea los presupuestos necesarios para la realización en el hombre del bien propiamente dicho y para la marcha hacia el fin, en cuanto que mantiene y defiende el orden dentro del hombre. Sin ella, el instinto de la propia verificación que hay en el hombre rebasaría todas las fronteras y anegaría todo cuanto encontrase en su marcha; el hombre perdería la orientación y su raudal de energías jamás encontraría el mar de la perfección en que desembocar. La templanza no es el caudal, sino la madre del río que canaliza sus ímpetus y su velocidad y recibe la caída precisa.

La alegría del corazón es el agradable fruto del olvido de sí mismo. Cuando esa alegría está presente podemos estar seguros de que cualquier fariseísmo y estirada vanidad del que sólo mira a sí mismo se hallan a leguas de distancia. La alegría del corazón es una señal inefable de la autenticidad de una templanza que sabe, sin egoísmos, conservar y defender el verdadero ser de la persona.

 

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