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LAS CREENCIAS
 

Podemos ver como las creencias políticas, religiosas, nacionales, y todo tipo de diversas creencias separan, de hecho, a los seres humanos, generan conflicto, confusión y antagonismo. Las creencias crean intolerancia y nos separan.

Cada dogma, cada creencia, tiene una serie de rituales, de compulsiones que nos atan y aíslan. De modo que comenzamos una búsqueda para averiguar qué es lo verdadero, cuál es el significado de toda la desdicha, de toda esta lucha y dolor, y pronto quedamos atrapados en creencias, rituales y teorías.

Los corazones de las personas que son idealistas, de los que tienen creencias, carecen de amor y de pureza, y sólo un corazón puro puede dar con la realidad, comunicarse con la persona que tiene delante. El idealista es un imitador de su ideal, por lo tanto no puede conocer el amor. No puede ser generoso, entregarse completamente sin pensar en sí mismo y en su ideal. Lo importante para él o ella no es la situación y la persona que tienen ante sí, sino su propio ideal, él mismo es lo importante para sí.

Todo aquél que desea fusionarse con algo más grande, unirse con otra cosa u otra persona, está eludiendo la desdicha y la confusión. Su mente sigue funcionando en la separación, la cual es desintegración.

Nos damos cuenta de que la vida es desagradable, dolorosa y triste. Por eso deseamos alguna doctrina que explique todo esto y nos satisfaga. Y de esta manera quedamos atrapados en explicaciones, palabras, teorías, y gradualmente las creencias echan raíces muy profundas y se vuelven inconmovibles, porque detrás de esas creencias, de esos dogmas, está nuestro miedo constante a lo desconocido.

Estamos confundidos y pensamos que mediante la creencia aclararemos la confusión. Superponemos la creencia a la confusión y esperamos que con eso la confusión se despejará. Pero la creencia es sólo un modo de escapar de la confusión y no nos ayudará a afrontar y a comprender el hecho de nuestro infortunio y confusión.

Pero jamás miramos al miedo y a la confusión a la cara, sino que le volvemos la espalda. Cuanto más fuertes son las creencias, más fuertes los dogmas. Y cuando examinamos estas creencias -la cristiana, la hindú, la budista, etc.- encontramos que dividen a las personas y generan sufrimiento.

La creencia en Dios, en algo más allá, no es religión. Toda creencia es corrupción, porque detrás de la creencia y la moralidad se esconde la mente, el ego. Y con la creencia el ego se vuelve cada vez más grande, más poderoso y más fuerte.

Pensamos que la creencia en Dios, la creencia en algo, es religión, que creer es religioso. Si no creemos se nos considera ateos. Una sociedad condenará a los que creen en Dios y otra sociedad condenará a los que no creen. Pero ambas condenas son la misma cosa. Así pues, la religión se convierte en una cuestión de creencia, y la creencia actúa y ejerce su influencia sobre la mente. De este modo la mente jamás puede ser libre. Pero sólo en libertad podemos descubrir qué es lo verdadero, qué es Dios. No podemos descubrir a Dios o a lo verdadero mediante ninguna creencia, porque nuestra misma creencia proyecta lo que pensamos que debe ser Dios, lo que pensamos que debe ser la realidad.

La creencia sólo actúa como una pantalla entre nosotros y nuestros problemas. Por eso la religión, que es una creencia organizada, se convierte en un medio para escapar de lo que es, de la verdad y de la realidad, es un medio para escapar de nuestra confusión. Quien cree en Dios, el que cree en el más allá, o el que tiene alguna otra forma de creencia, está escapando de un hecho, del hecho de lo que él es.

Una mente que escapa de los hechos de la relación jamás encontrará a Dios, ni una mente agitada por las creencias puede conocer la verdad. Sólo puede ser espiritual la persona que comprende su relación con la propiedad, con los demás, con las ideas, que ha dejado de luchar con los problemas que genera la relación y para quien la solución no es el retiro, sino ser consciente, amar y obrar adecuadamente.

Las personas que viven espiritualmente no necesitan las creencias. No necesitamos "creer" que existe la puesta de sol, que existen las montañas o los ríos. Tampoco necesitamos "creer" que reñimos con nuestras esposas. No se requiere "creer" que la vida es una desdicha terrible con su angustia, con su conflicto, con su constante ambición, pues todo esto es un hecho. Pero necesitamos una creencia cuando queremos escapar de un hecho hacia una irrealidad.

Cuántos hay que creen en Dios, que van a sus iglesias y practican ritos y oraciones, y que en su vida cotidiana son dominadoras, crueles, ambiciosas, tramposas, deshonestas. A esas mismas personas se las considera respetables, pero ninguno de ellos encontrará a Dios. A Dios no se le puede encontrar mediante la repetición de palabras, mediante ritos, mediante la creencia. Mientras no comprendamos la relación con nuestro prójimo, con la sociedad, con nuestra esposa y nuestros hijos, tiene que haber confusión. Y la mente confundida, haga lo que hiciere, sólo creará más confusión, más problemas y conflictos.

Es posible vivir en este mundo y no tener ninguna creencia. No planteamos cambiar de creencias, sustituir una creencia por otra, sino estar enteramente libre de creencias, a fin de que nos podamos enfrentar a la vida de un modo nuevo a cada instante. Después de todo, sólo así puede surgir la verdad, siendo capaces de afrontarlo todo de una manera nueva, de instante en instante, sin la reacción condicionadora del pasado, de forma que no exista el efecto acumulativo de la memoria y del conocimiento que actúan como una barrera entre nosotros mismos y lo que es.

Saber si es posible vivir sin creencias sólo podemos descubrirlo si somos capaces de estudiarnos a nosotros mismos en relación con nuestras creencias.

 

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