LA CONTINENCIA

Es importante examinar el autodominio, condición necesaria para la adquisición de la templanza. Una persona casta es aquella que se domina. Cuando el ser humano va a la búsqueda del bien, de lo justo, ha de dominar la concupiscencia del cuerpo si es contraria a la razón. El dominio de la concupiscencia del cuerpo es digno de la persona. Quien no lo posee deja obrar en sí mismo aquello que por ser inferior, debe estarle subordinado; y, lo que es más, él se le subordina según su propio gusto y capricho.

El dominio de la concupiscencia del cuerpo no sólo tiene por objeto la perfección de la persona que lo practica sino también la realización del amor en el mundo de las personas. Al reprimir la concupiscencia del cuerpo, el ser humano ha de contener los movimientos de su apetito concupiscible y, de este modo, moderar los diversos sentimientos o sensaciones ligados a estos movimientos, puesto que acompañan las reacciones de la sensualidad. Sabemos que es así como nacen los actos internos y externos que pueden entrar fácilmente en colisión con el principio de amor de la persona.

Llamamos moderación a la aptitud para encontrar en el dominio de la sensibilidad y la emotividad la medida que ayuda a realizar el amor evitando el peligro del gozo, el cual va acompañado no sólo de las reacciones de la sensualidad, sino también de las de la emotividad.

Con todo, la moderación no se identifica con una sensibilidad o una emotividad mediocres, sino con la aptitud para conservar el equilibrio en medio de los movimientos de concupiscencia del cuerpo. Es preciso que en el terreno sensual y afectivo este equilibrio constituya un criterio interior e inmutable de los actos y de los estados internos vividos. La virtud está estrechamente ligada a este equilibrio y es en él en donde se manifiesta.

La esencia misma de la moderación no tiene más que un significado: quien no la ha conseguido, quien no es moderado ni continente, no es casto.

La virtud ha de ser una fuerza espiritual (consciencia). Esta fuerza no existe sin la razón que discierne la verdad acerca de los valores y pone el de la persona y el amor por encima de los del sexo y el placer que de él dependen. Así la castidad no puede consistir en una continencia ciega. La continencia, aptitud para controlar la concupiscencia del cuerpo por la voluntad, es una condición indispensable del autodominio que tiende a moderar las reacciones sensuales y la afectividad. Pero no basta para que la virtud se realice, puesto que la continencia no puede ser un fin en sí misma.

Virtud es trascendencia, esto es, superioridad de la persona respecto a ella misma y a su dinámica. La persona se halla por encima de su acción (interior) y del objeto de ésta.

El valor de la persona ha de tomar enseguida la dirección de lo que se realiza en el ser humano. La continencia deja entonces de ser ciega. De este modo se supera la etapa del dominio y del atrincherarse para permitir a la conciencia y a la voluntad abrirse a un valor que es a la vez verdadero y superior. Por ello, la objetivación de los valores está estrechamente ligada a la sublimación.

Una continencia por interés, calculada, es sospechosa. Como todas las otras virtudes debe ser desinteresada, concentrada en el bien, no en lo útil. De lo contrario no hallará su sitio en el verdadero amor de las personas. Cuando la continencia no es virtud, es extraña al amor.

Sólo en la medida en que el valor de la persona se apodera de la conciencia y de la voluntad, ésta se calma al tiempo que se libera del sentimiento característico de frustración, de renuncia a un valor, que se da en las primeras fases de la virtud de la castidad. Se trata de un fenómeno natural que demuestra hasta qué punto el reflejo de la concupiscencia está sólidamente anclado en la conciencia y en la voluntad del ser humano. A medida que el verdadero amor de la persona se desarrolla, este reflejo se hace más débil, porque los valores recuperan el lugar que se les debe. De modo, pues, que la virtud de la castidad y la del amor se condicionan mutuamente. Todo este fenómeno se desarrolla paralelamente a la espiritualización de la vida interior, se empieza a captar, verdaderamente a la persona no como feminidad o virilidad sino como espíritu.

En el terreno sensual y afectivo de la vida interior, cada ser humano ha de saber utilizar las energías latentes de su sensualidad y afectividad a fin de que lo ayuden a tender hacia el verdadero amor en lugar de ponerle obstáculos. Esta facultad de

transformar enemigos en aliados es tal vez más característica de la templanza y la virtud de la castidad que de la pura continencia.

 

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