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En tierra Navarra

Apenas se deja atrás la comarca aragonesa, el Camino originario queda hundido bajo el pantano de Yesa y hay que seguir por su orilla, recuperándolo por un instante al pasar junto al montículo donde se levanta Tiermes, que fue, como indica su nombre, un balneario romano de aguas termales. Luego se entra en territorio navarro, iniciando una áspera subida hacia la sierra de Leyre, que habrá de dejarnos en el monasterio benito que le dio nombre, un viejo cenobio que dictó la historia del reino de Navarra durante siglos. Del histórico monasterio hay que detenerse, sobre todo en su cripta, compuesta por un conjunto de gruesas columnas con gigantescos capiteles que parecen haberlas hundido en el suelo para que entren en contacto con las corrientes telúricas a cuyo paso se levantó toda la construcción. Probablemente, los canteros constructores no eran ajenos al conocimiento y la captación de estos enclaves mágicos.
 
Pero Leyre guarda otro secreto: nada menos que el de un monje de tiempos pretéritos que, deseoso de conocer la Gloria, se vio transportado un buen día por el canto de una avecilla que le hizo vivir la realidad del más allá por un periodo que a él le pareció de apenas unos minutos pero que, a su regreso, resultó haber sido de trescientos años. Sin saber de teorías relativistas ni de los misterios desentrañados por la física de los quanta, aquel san Virila de Leyre vivió en sus carnes la mentira del tiempo y volvió para contarlo. Eso al menos dice la leyenda.
 
Se baja de los montes, se atraviesa de nuevo el río Aragón y, tras haber pasado por Javier, se alcanza Sangüesa, en cuya colegiata de Santa María se puede contemplar uno de los pórticos más misteriosos del románico, sostenido por figuras como las de Judas y repleto de figuras que transmiten un mensaje nunca totalmente descifrado, donde los justos lloran y los pecadores ríen en un fantástico Juicio Final. Allí, oficios y quehaceres son representados como símbolos de labores trascendentes, mientras una mujer desnuda amamanta a una rana. Una leyenda caminera cuenta de cierto enfermo llagado que hizo el Camino con la esperanza de que Santiago le curase sus fístulas y que, sin dar muestras de curación, se encomendó al Apóstol en Compostela y emprendió el camino de regreso. Fue entonces, al pasar de nuevo por todos los lugares donde se había detenido a la ida, cuando se le fueron desprendiendo sus costras una a una. Y la última cayó, dejándole definitivamente limpio, al detenerse frente a este pórtico de Santa María la Real, al tiempo que se le hacía claro el mensaje que transmitía la piedra.
 
Tras abandonar Sangüesa se pasa por Rocaforte, donde a San Francisco de Asís le floreció el báculo seco que le servía de apoyo y supo por ello que allí debía fundar su primer convento del Camino. Luego se atraviesa Monreal, Tiebas y Campanas, cruzando la autopista que conduce de Pamplona a Madrid e internándose en un amplio valle. Aquí, la ruta nos lleva a uno de los monumentos más señeros de todo el camino: la capilla templaria de Eunate, una construcción octogonal rodeada de un claustro de ocho ángulos, en cuyo interior se reunían los caballeros del Temple en sus tenidas iniciáticas, según puede apreciarse por el banco corrido que bordea el recinto de la capilla. Pero lo más significativo de este lugar hay que buscarlo en el portalón principal, que lleva esculpida una ristra de figuras simbólicas puestas en el arco exterior como signos de reconocimiento. Su significado no pasaría de ser un pequeño reto al conocimiento tradicional si no fuera porque en un pueblo cercano –Olcoz-, existe un portón prácticamente idéntico en la fachada de su iglesia parroquial, sólo que con todas sus figuras colocadas en orden inverso, conformando una imagen especular que obliga a pensar que ambos pórticos fueron concebidos como enantiomorfos: iguales y de sentido contrario, tal y como dice la ciencia que es la antimateria con respecto a la materia. 
Enfrente mismo de Eunate, el lugar de Obanos, es una extraña continuidad de esa sinfonía de los contrarios, rinde culto paralelo a una santa y a su hermano y asesino. Puede tratarse de una casualidad o puede ser un complemento al mensaje de la capilla templaria, destinado a probar la capacidad de entendimiento del peregrino.

 

 

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