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Si preguntamos a cualquier individuo: "¿Deseas subsistir después de la muerte, crees que subsistirás? ¿Qué es en realidad eso, cuya duración tú deseas; qué es eso que, según tú, persistirá después de la muerte?" Es posible que nuestro interlocutor encuentre esas preguntas absurdas o, al menos, que un gran número de aquellos a los que usted pregunte, las encuentren descabelladas. La respuesta no es del todo simple. "Es mi duración lo que yo deseo", o "Soy yo quien continuará existiendo", responderán los interpelados, según sus convicciones religiosas o filosóficas. "¿Tu duración? - ¿Quién eres tú? - ¿En qué consistes?- Cuando tú dices: soy yo el que aspira a subsistir: ¿Qué es ese yo? Para la mayoría de los occidentales, ya sean los que se atienen a la definición del catequismo: "El hombre está compuesto de un cuerpo mortal y de un alma inmortal" o a definiciones análogas que establecen una división bien marcada entre espíritu y materia, no hay tema de discusión. Es el principio inmaterial, el alma la que subsiste, mientras el cuerpo es destruido. El problema de saber si después de la muerte nos convertiremos en un cuerpo de luz, como quiere la tradición cristiana, o si nos reencarnamos, es una de las cuestiones más difíciles que se plantean. Cada uno decidirá según sus convicciones íntimas, pero sería razonable suponer que, al igual que en la vida, la supervivencia es extremadamente diversa y que después de la muerte algunos se reencarnaran y otros se convierten en cuerpos de luz. La mayoría de doctrinas esotéricas profesan la reencarnación en las más variadas formas. Puesto que el estado humano es sólo una de las formas múltiples y provisionales de la existencia, el ser, tras cada muerte, retoma un nuevo cuerpo, humano o animal. O, de acuerdo con una concepción procedente de Oriente, la trasmigración no concierne al ser real y completo sino que se efectúa sólo a partir de agregados psíquicos, de principios vitales que se elaboran de acuerdo con una estructura nueva, condicionada por la vida precedente. El origen de estas ideas, que se han extendido entre el gran público de un modo con frecuencia muy ambiguo, debe buscarse, evidentemente, en las religiones orientales y en particular en aquellas que reúnen hoy millones de creyentes: El hinduismo y el budismo. "El ser humano forma parte, con una limitación en el tiempo y el espacio, de un todo que llamamos universo. Piensa y siente por sí mismo, como si estuviera separado del resto; es como una ilusión óptica de la conciencia. Esa ilusión es una cárcel que nos circunscribe a las decisiones personales y al afecto hacia las personas más cercanas. Hay que traspasar sus muros y ampliar ese círculo para abrazar a todos los seres vivos y a la naturaleza en todo su esplendor". Albert Einstein.
Ilustración de William Blake (1813) El espíritu, recién salido del cuerpo, lleva en la mano las llaves de un futuro regreso. |
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