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El suelo de la Tierra se erosiona, se degrada el aire, que se encuentra sucio, y los ríos y los mares se han convertido en alcantarillas y cloacas. Nuestro planeta atraviesa una crisis ambiental de proporciones inéditas. El modelo dominante de explotación de los recursos naturales, la forma –que no se puede mantener- en que malgastamos nuestros valiosos recursos naturales y la magnitud de las actividades altamente contaminantes nos están conduciendo a una situación límite. De continuar las tendencias actuales en la explotación indiscriminada de los recursos naturales, el mundo se encamina hacia una catástrofe ecológica de proporciones globales, a la cual no escaparán ni ricos, ni pobres. La deuda económica de los países subdesarrollados es prácticamente consecuencia de la hipoteca ecológica, pues el Norte debe gran parte de su desarrollo a siglos de saquear al Sur, y es el máximo responsable de la degradación de tierras, el calentamiento global y la contaminación de la biosfera. La magnitud de la deuda ecológica es enorme. Los países ricos olvidan que, tarde o temprano, las consecuencias de la degradación ambiental y los efectos de la desertificación y la sequía los alcanzarán a ellos igualmente. Soslayan también que de igual manera sufrirán por los efectos de los cambios climáticos globales. Cambio climático, contaminación de los mares y de la atmósfera, deforestación, excesiva urbanización, agotamiento de las fuentes de agua potable, reducción de la biodiversidad… La humanidad y el medio ambiente se encuentran envenenados por productos químicos cuya utilización está aprobada y consentida por las leyes y las instituciones internacionales. La Tierra se ha convertido en un gigantesco invernadero en el que todos, hombres, mujeres, niños y ancianos, se encuentran afectados por las substancias contaminantes.
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